miércoles, 24 de agosto de 2011

40 años VIOLETA PARRA

A Violeta Parra.
Por Eduardo Embry C-.


Esto ocurre acá y en la quebrada del ají, éste es un término muy chileno de la cual no creo que nuestros vecinos la tengan patentadas como tantas cosas tipicas de nuestra raices Flolkloricas.
En Chile se practica muy bien “ El Chileno quire al Forastero “, la actitud general de la institucionalidad burguesa frente a sus artistas populares muy pocas veces ha sido solidaria.

Hoy escribiremos de Violeta Parra, especialmente en este año cuando la cultura de ese continente nuestro conmemora el 40 aniversario de su muerte.
¿Yo me pregunto por qué Violeta Parra?
Leyendo buscando, ya que no soy de la generacion que nacio con las canciones “ Gracias a la Vida” Volver a los diesciciete “ etc.
Pero todos los estudiosos del Arte Popular, llegan al pùnto más elevado de la genialidad de esta mujer “Ella es lo Más Chileno de lo más chileno que se tenga posibilidad de sentir”. Pero el fenomeno de Violeta Parra, toma un carácter universal.

Lo más genialmente individual y al mismo tiempo lo más genialmente popular Era una fuerza que se hallaba cargada de una conciencia sumamente lúcida de su propio valer, y a través de este, del valer, de la calidad de todo lo que ella había buscado y encontrado en las clases populares.

Con la llegada de los conquistadores europeos se inicia en América Latina un proceso ininterrumpido de transculturación, que si bien es determinante en la formación de nuestras culturas mestizas actuales, sepultó también parte esencial de nuestra memoria original.
Violeta Parra plasma en ese olvido nuestro de nosotros mismos.
Son los primeros que se ponen a hurgar en las infinitudes del desierto.

Violeta Parra no eran investigadora académica. Sus motivos de acción obedecían al instinto, a la emoción, no a la abstracción o la hipótesis. Su contribución en el campo de la musicología no fue  la de desenterrar esqueletos y fósiles, sino fundamentalmente la creación de algo nuevo  a partir de sus hallazgos en terreno, llevado a la poesia misma en manos de su guitarra.

Sus primeros pasos comienza el cinco de Octubre de 1917, en un sencillo lugar llamado San Carlos, no muy lejos de Chillan, ciudad de la cual muchas veces visite cuando saliamos de Valparaiso visitar a mis abuelos.
Gente Buena sencilla, sin grandes motivaciones academicas, pero con una calidad de personas que lugares como éstos puedes tener una altura del pensamientos de la gente de campo.
Y termina  en Santiago el domingo cinco de febrero de 1967, un cuarto para las seis de la tarde, cuando Violeta Parra descarga un tiro de su pistola brasileña “Tigre” en su sien derecha.

La historia si no se busca se olvida, En el caso de Violeta Parra no es una excepción a esta barbarie ilustrada de nuestra “modernidad”.
El entonces Presidente de la República de Chile, Eduardo Frei, se apresuró a enviar una gran corona de flores a los funerales de Violeta Parra con la misma deferencia con que un año antes había impuesto en las pocas radios santiaguinas que transmitían minúsculos programas de “música comprometida” la prohibición tajante de que se transmitiera cualquiera canción que hiciera alusión a una masacre de mineros en El Salvador a manos de la policía bajo su gobierno, ocurrida en 1966. Las muchas canciones de “protesta” de Violeta no se libraron del silencio.

Su popularidad no fue nunca sinónimo de prosperidad. Precariedad y escasez fueron las constantes materiales de su toda existencia. Habría que decir que su pueblo, del que ella venía y al que ella cantaba, tampoco supo reconocer en toda su dimensión la presencia de Violeta viva. A pesar de que desde comienzos de la década de los 50 hasta el último día de su vida, su nombre -y principalmente su obra musical- eran conocidos y estimados de manera creciente hasta en el más remoto rincón de nuestra largura geográfica, en su legendaria Carpa de La Reina penaban a menudo las ánimas.
Como su nombre lo indica, La “Carpa” no era más que eso: una vieja carpa de circo, con un escenario en el centro de su arena y con capacidad para ochocientas personas. Era al mismo tiempo su domicilio. Allí trabajaba y vivía, al estilo de los artistas de circos nómades, como ella misma y sus hermanos lo fueron durante su infancia, muy pocas veces tenia publico en platea, creo que nunca estuvo con la capacidad de llenarse – Pero lo írónico .
A su entierro sin embargo, asistió una multitud que superó las treintamil personas. Al féretro lo seguían cuatro carrozas repletas de flores. Todos los diarios le dedicaron a Violeta Parra en esos primeros días de su muerte, lo que nunca le ofrecieron en vida: sus títulos de portada, ediciones especiales y extensos reportajes recordatorios. La mayoría de las estaciones de radio hicieron sonar por días enteros los mismos temas que por años se habían negado sistemáticamente a incluir en sus programaciones musicales.

Alfonso Alcalde, en la introducción a su antología de canciones y poemas de Violeta:
“Es nuestra manera de ser, amar a los ya muertos y odiar bastante a los vivos. Después –ya idos- les prendemos velas en tales cantidades que con esa suma de dinero se le podría haber pagado al finado un largo reposo para que viviera como un rey. Siempre llegamos tarde.”

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